domingo, octubre 02, 2005

Una meditación acerca de la raíz de la crisis argentina

Una meditación acerca de la raíz de la crisis argentina

1- Ya es costumbre asociar el concepto de la "crisis" al nombre de la Argentina. Se habla de "crisis cíclica" de la economía argentina, "crisis institucional", "crisis de representatividad del aparato político", "crisis del sistema financiero", "crisis de confianza en los dirigentes". Se busca en el pasado remoto y reciente un símil que, a fuerza de comparación, señale el sendero de salida, como las flechas dibujadas por Arne Saknussem en los túneles del "Viaje al Centro de la Tierra". Se juzga a la presente como "la peor crisis" en la historia argentina, y mientras algunos auguran una milagrosa recuperación basada en factores monetarios que restablezcan la competitividad a los agentes productivos nacionales, otros cifran sus esperanzas en acuerdos con los organismos de crédito internacional. En todos los casos, la "catharsis" nacional se inclina hacia una exculpación colectiva que coloque la causa de nuestros males en actores foráneos más ó menos perversos, más o menos ensañados en la destrucción de la Argentina, vaya a saber por qué motivos. Todo ello en medio del desconcierto mediático provocado por un torrente de mensajes apocalípticos.

2- Que existe una fenomenal crisis económica no puede negarse, como tampoco puede negarse la crisis de representación política que atraviesa la dirigencia argentina. Pero si bien se mira la cuestión, hay otra crisis todavía más profunda que subyace en el presente argentino, que fluye desde el pasado y que amenaza con alargar su negrura en el futuro. Se trata de aquella crisis moral que afecta a algunas sociedades y que los sociólogos contemporáneos (Merton, Durkheim) han designado con el nombre de "anomia" (del griego, sin - ley, ausencia de normas).

3- La anomia consiste en el quiebre de los contratos básicos de una sociedad, en la ruptura de sus consensos tácitos, es decir, aquellos presupuestos que una comunidad civilizada no pone en duda ni en discusión y cuya inobservancia conduce a la disgregación y a la barbarie. Porque la anomia desintegra los vínculos sociales. Hemos asistido, en estos pocos meses, a la manifestación externa más perceptible de esa anomia. Hemos visto y seguimos viendo a todos ó casi todos los sectores de la comunidad nacional enfrentados en mutua confrontación, haciendo presente aquel aforismo latino universalizado por el pensador Thomas Hobbes: "homo homini lupo", el hombre convertido en lobo del hombre. Y casi podría decirse que cada argentino se ha convertido en el lobo receloso de sus compatriotas: ahorristas que marchan contra los bancos, banqueros que retienen fondos de sus ahorristas, piquetes en protesta, gobierno que expropia el patrimonio de sus ciudadanos, contribuyentes que defraudan al Fisco, pobres contra ricos, ricos contra pobres, pobres contra pobres, en un clima de inseguridad pública donde la vida humana ha degradado su valor a merced de la delincuencia, el narcotráfico, la marginalidad…

4- Una sociedad anómica cae en la anarquía porque ante la ausencia de reglas impera la regla única del caos. En una sociedad anómica es impensable la utopía colectiva porque los proyectos se agotan en el perímetro del interés individual. En una sociedad anómica no importa el medio usado con tal que conduzca al logro del fin exitoso, el cual por su parte, se reduce al éxito material. Y en un juego perverso de "aforismos anómicos", se diría que "todo vale" con tal de alcanzar el "sálvese quien pueda". Pero esta anomia activa tiene otro costado "pasivo", tan devastador como el primero: el cansancio de los buenos, la resignación abandónica de aquellos que aunque no están dispuestos a quebrantar las reglas, tampoco aportarán un gramo de esfuerzo adicional a una tarea que juzgan inútil ó que nunca les será reconocida. Así se completa el círculo anómico: los malos que insisten en el camino desviado y los buenos que abandonan todo esfuerzo por la excelencia…

5- Hace ya unas tres décadas, el pensador Arturo Jauretche componía su famoso "Manual de zonceras argentinas". Si Jauretche viviera probablemente agregaría una zoncera más que se ha venido repitiendo últimamente: que el problema de la crisis radica en la incompetencia ética y gerencial de la dirigencia argentina. Y si bien la afirmación es de toda evidencia, ello no identifica la causa del problema. Porque esos dirigentes no han bajado a la Argentina desde naves venidas del espacio sideral. Han crecido, se han educado y se han formado o malformado en esa misma sociedad que hoy los señala y los "escracha".

6- Reducir la crisis a su dimensión económica también configura una zoncera. Basta con retroceder unas décadas y repasar la opinión de visitantes extranjeros de paso por la Argentina. Ya entonces cuando la Argentina ocupaba un sitio de privilegio en el club de países prósperos, cuando ni por asomo se hablaba de crisis económica, ya entonces se detectaba una crisis más radical, vinculada al tipo de sociedad que estábamos construyendo. Es bien interesante la opinión de los extranjeros por su posición de perspectiva externa respecto del objeto observado. Observadores agudos como Ortega y Gasset ó el Conde de Keyserling pudieron percibir las raíces de esta anomia, sus síntomas tempranos.

7- Seguramente los lectores no opondrán reparos a concluir estas reflexiones con alguna referencia a la Sagrada Escritura, buscando así en la Palabra, la luz que ilumina a todo aquel que viene a este mundo. Me parece apropiado el texto del Evangelio de Lucas, conocido como la "parábola del fariseo y el publicano". Su narración es bien simple: un fariseo y un publicano entran a orar al Templo. Ambos representan a sectores enfrentados de la sociedad hebrea de entonces: los fariseos eran la clase religiosa instalada y oficial; los publicanos, a su vez, como recaudadores de impuestos asociados a la autoridad romana, eran despreciados y discriminados. Dice el fariseo en su oración inventariando sus virtudes: "Te doy gracias Dios mío porque no soy como este publicano…" Al mismo tiempo, el publicano sin atreverse a levantar la vista, se golpea el pecho y solo atina a balbucear "Piedad Señor porque soy un pecador". Jesús concluye: el segundo aún en su condición de "marginalidad", salió del templo justificado mientras que el primero, no. Vale la pena preguntarnos: ¿estaremos los argentinos justificados?

Oscar Andrés De Masi

Articulo tomado de : http://www.san-pablo.com.ar/revistaonline/articulos/ano2n38/demasi.htm